DERECHOS HUMANOSTAPA

Derecho a la Identidad: “Pasás a ser libre, pasás a ser vos y eso no tiene precio”

Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit

En 2004, el Congreso de la Nación declaró el 22 de octubre como el Día Nacional del Derecho a la Identidad. La fecha busca reconocer la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo y promover la reflexión respecto a la vigencia de esta problemática en nuestro país. Revista Broquel entrevistó a Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit, nieto recuperado, abogado e integrante de la Comisión Directiva de la Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo, para conversar respecto a las aristas que plantea el ejercicio de pensar y defender la identidad como derecho, así como los desafíos que supone continuar la búsqueda en la etapa actual. 

Por: Gonzalo Mir y Paula Hansen

Revista Broquel: A partir de su recorrido biográfico, contemplando tanto su experiencia en la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo como su formación en las ciencias jurídicas, ¿cómo concibe la noción de “identidad”? ¿Qué implica entender la identidad como derecho?

Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit: Cuando era más chico, si me decían “supresión de estado” (que es uno de los delitos que se cometieron conmigo), a lo primero que me hubiera remitido es al estado civil, por ejemplo. Ya de grande, cuando entendí lo que me había sucedido y cuando me tocó estudiar abogacía, me di cuenta que “estado” es algo más que “soltero”, “casado”, “divorciado”, “viudo”. Hace a un todo, a una mirada que tiene la sociedad sobre vos y cómo te relacionás con esa sociedad también. Tu nombre de pila es la manera en que te llaman, cuando vos tenés tu apellido o tus apellidos ahí tenés de quién sos hijo. Tu fecha de nacimiento y lugar indica no solamente cuándo cumplís años sino también tu nacionalidad, indica de quién sos hermano, no solo de quien sos hijo. Indica tu parentesco, que pertenecés a toda una familia. Podés jugar incluso, creas o no, con el tema de los signos zodiacales y el horóscopo. Podés hacerte una carta astral si tenés la precisión exacta, que no es mi caso, de la hora en que naciste. Todo esto hace a la identidad.

Después tenés otro tipo de identidades, que son mucho más específicas. Cómo vos te autopercibís, cuál es tu identidad sexual, cuál es tu identidad incluso ideológica, político partidaria. Todo ese conjunto para mí habla de la identidad. Cuando nos referimos a este conjunto de caracteres que hacen que te individualicen, vamos pasando por distintos derechos, civiles, políticos, culturales. Es algo muy amplio, muy abarcativo, y a la vez muy esencial y absolutamente necesario.

A mí me encuentran las Abuelas en el año 2000. En el 2002 empiezo a noviar con quien al día de hoy todavía es mi pareja, con ella conformamos una familia. Recuerdo haberle dicho en reiteradas oportunidades al juez Ballesteros que yo no podía pensar siquiera en que ella tuviera un atraso porque en ese entonces, sin que se me hubiese restituido mi identidad, no tenía para ofrecerle lo más elemental que le puede ofrecer un papá a un hijo, que es un apellido. Lo único que tenía para ofrecerle era heredarle el delito que cometieron en mí. Darle un apellido falso, el que me vinculaba con mis apropiadores. Como para dimensionar lo importante que puede llegar a ser la identidad al analizarla desde este punto de vista.

Cuando escuchaba las imputaciones que le hacían a mis apropiadores, eran tres los delitos que habían cometido conmigo: la falsificación ideológica de documento público, la supresión de estado y la sustracción, retención y ocultamiento de un menor de diez años. Yo ya era una persona adulta, con 21 años, pero era técnico aeronáutico, no tenía ningún tipo de experiencia legal. Trataba de investigar y me preguntaba “pero, ¿qué estado? ¿Qué es el estado?” Y el estado era esto, este conjunto de particularidades que te individualizan en el medio de un todo, de un conjunto como es la sociedad. Fue interesante después, cuando me tocó estudiarlo, ver desde el punto de vista jurídico todo lo legal. Cuando tenía más asumido, entendido, que era víctima de mis apropiadores.

RB: En el marco de la búsqueda emprendida, con la meta de encontrar y restituir la identidad de todos los nietos y nietas desaparecidos, las Abuelas fueron formulando distintos interrogantes que llevaron a correr los límites de lo posible. Vehiculizaron incluso avances en la ciencia, desplegaron todo tipo de estrategias a lo largo del país y también a escala mundial. ¿Podría contarnos acerca de ese recorrido?

GR: Las Abuelas siempre fueron vanguardistas, siempre tuvieron esa dinámica de no quedarse estáticas, quietas. Siempre fueron muy originales y siempre pensaron ir un poquito más allá. Tengan en cuenta que nadie nace preparado para vivir la tragedia que vivieron ellas como madres. Pero, independientemente de eso, no tenían formación casi. Algunas tenían alguna carrera, por ejemplo Estela y Delia, que eran directoras, o mi abuela Rosa, que es una de las primeras mujeres obstetras de la Argentina. Fuera de ellas, no muchas tenían capacitación ni mucho menos conocimientos legales, y sin embargo hicieron tanto. No sin fracasos, no sin gente que las estafara, con un montón de abogados que les dijeron que las iban a ayudar y después no las ayudaron, pero también con un montón de abogados que sí fueron absolutamente honestos y las acompañaron. Por suerte no estuvieron solas, hubo gran parte de la sociedad que se volvió empática y que las fue acompañando.

Primero que nada, aprendieron a redactar habeas corpus, aprendieron a solicitar audiencias y viajaron por lugares impensados e inimaginables. Se juntaron con referentes religiosos, con referentes y líderes mundiales, con referentes de distintos organismos internacionales. Cuentan en su haber con haber redactado tres de los artículos de la Convención por los Derechos del Niño, que son el 7 el 8 y el 11, que hablan precisamente sobre el derecho a la identidad. Se los conoce como los artículos argentinos, y se los conoce ni más ni menos que por ellas, porque estaban ahí, velando porque esos artículos estuvieran incluidos en esa Convención.

Solicitaron, pidieron y crearon la Comisión Nacional por el Derecho a la identidad (CONADI), el Banco Nacional de Datos Genéticos, con todo lo que eso significaba. Había muchas Abuelas que no habían podido conocer a sus nietos, que no los habían visto nacer. Incluso Abuelas que no conocían a sus yernos o a sus nueras, entonces no tenían forma de pensar cómo podían llegar a ser sus nietitos, los que estaban buscando. Se preguntaron cómo hacer para identificarlos más allá de los parecidos físicos o no, entonces le llevan esta inquietud a la comunidad científica, y los genetistas se ponen a pensar y se crea algo absolutamente innovador e increíble además, que es el “índice de abuelidad”. Este procedimiento reconstruye mediante la genética a los padres desaparecidos para después poder cotejarlos con el hijo que estuvo apropiado.

En mi caso, mi abuelo José y mi abuela Argentina dieron su muestra de sangre. Mi abuela Rosa, por mi rama materna. Mi abuelo Benjamín estaba fallecido desde el año 72, así que mi tío abuelo Adolfo es quien aporta desde la rama materna el dato genético paterno. Y con eso se reconstruye por un lado a mi papá, a Jose Manuel, y por otro lado a mi mamá, Patricia. Esto combinado con la muestra de ADN de mi hermana, puede determinar un índice por el cual yo puedo ser o no hijo de Patricia y de José Manuel. Es increíble, y se tuvo que recurrir a esto por algo que uno no termina de entenderlo desde lo racional. Porque no están, mis viejos no están, están desaparecidos. En mi caso se determinó por un 99,999% que yo no era Guillermo sino Rodolfo.

Todo esto, con las innovaciones y los distintos modos de búsqueda que han llevado adelante las Abuelas: Teatro por la Identidad, Música por la Identidad, Tango por la Identidad, Twitter relatos por la identidad, que son microcuentos en la red de twitter. Hay un montón de campañas que se han ido llevando adelante. “Plantamos Memoria”, una de las más importantes en plena pandemia, que consistía en plantar un árbol. Posteriormente, “Florece Identidad”, que también fue un éxito. El nombre de cada uno de nosotros en la mano, también en plena pandemia. Fue rotundo el acompañamiento que hubo de la sociedad en redes sociales. Todo el mundo tenía el nombre en la palma de la mano escrito.

Son distintas estrategias que de manera individual uno puede llegar a no entenderlas pero, a lo largo de todos estos 45 años que están por cumplir las Abuelas, hay una marcada y clara tendencia a no dejar de buscarlos nunca. Y esa perseverancia no es sólo la que las mantiene a muchas vivas, lamentablemente no tantas como uno quisiera que estén, sino también la lucha se mantiene vigente. Me gusta mucho hablar de las Abuelas porque, para mí, independientemente de que son absolutamente terrenales como cualquier abuela, son heroínas. Son próceres.

Como no se podían juntar porque el derecho a la reunión estaba prohibido, porque vivíamos en constante estado de sitio, se juntaban a simular que estaban festejando un cumpleaños. Y en el medio cuando se estaban intercambiando los regalos iba alguna carpeta, algo con algún dato. Eso es increíble. Mucho de esto que estamos contando sucedió en medio de la dictadura. A mi abuela Argentina le hicieron una simulación de fusilamiento. No las paró nada ni nadie, ni las presiones ni las amenazas, ellas siguieron.

A Estela hace 20 años atrás le llenaron el porche de balas. De eso no muchas personas se acuerdan. Hay toda una generación que no sabe que pasaron y le tiraron una ráfaga de balas de ametralladora en la puerta de la casa. Y nos sorprendemos, y está bien que nos sorprendamos, con lo que acaba de pasarle a Cristina hace menos de un mes, pero esa violencia que pareciera que no, siempre está latente. Esa intolerancia no las hizo en ningún momento desistir sobre lo que estaban buscando. Ellas siempre dicen, “nosotros buscamos a nuestras hijas e hijos pero también buscamos desaparecidos con vida, y eso es lo que nos diferencia del resto”.

RB: El auge de los discursos de odio, al igual que las persistentes declaraciones negacionistas respecto a la última dictadura cívico militar, es un tema presente en la agenda pública actual. ¿Cuál es su mirada frente a esta problemática y sus posibles abordajes? 

GR: No sé cómo contestar a esto porque tengo dos posturas. La primera, hoy tenemos gente que se alza como referente, como política o político, cuya única virtud o saña es denostar lo que ha hecho el otro o desmentir, descreer o negar algo tan terrible como un genocidio, como lo que pasó acá en nuestro país. Por otro lado, tenés esta dicotomía de “¿Contestás o no contestás?”, “¿Le das prensa o no le das prensa?”.

Si empezamos discutiendo desde el punto de vista del número de desaparecidos, ¿qué más da si fueron 30 mil, 45 mil? O 22 mil como aseguraban los cables que iban desde la embajada a estados unidos, que aseguraba el ejército que había, u 8 mil como figura en el Nunca Más, o tan solo 130 como son los casos de los nietos que pudieron resolver las Abuelas. ¿Qué más da? Si todos esos números se enmarcan dentro de un plan sistemático y se pueden asimilar a una persecución política y racial como lo fueron otros genocidios a lo largo de nuestra historia. Así que, ¿fue un genocidio? Sí. ¿Importa el número? Tal vez, pero no deja de ser un genocidio, no deja de ser un plan sistemático.

Yo soy un desaparecido que estuvo desaparecido 21 años. Soy un claro ejemplo. “No, pero lo que pasa es que los desaparecidos eran todos subversivos, ponían bombas, secuestraban”, es un argumento. Yo desaparecí dentro de la panza de mi mamá, con ocho meses de gestación. ¿Entonces estoy “bien” desaparecido? No tiene ni pies ni cabeza cuando uno realmente baja estos discursos a la tierra y lo interpela al otro con un caso real, no abstracto. ¿Importa si los desaparecidos tenían una militancia activa? ¿Si habían tomado como consigna la lucha armada? ¿Importa eso? Si tenían todos los poderes cooptados.

Esta última dictadura cerró el Congreso. Pusieron una comisión asesora legislativa, tenían cada uno de los organismos del Poder Ejecutivo y de los juzgados intervenidos (cuando el magistrado no era adepto a la ideología del partido militar). Podían hacer lo que quisieran, de hecho lo hicieron. Podían blanquear a cada una de las personas que habían detenido, podían ponerlos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, podían juzgarlas de manera sumaria y excepcional, condenarlas a cadena perpetua. Podían hacer lo que querían. Eligieron secuestrarlos, torturarlos, adormecerlos. Eligieron arrojarlos con vida desde una aeronave a mil metros de altura al mar. Eligieron enterrarlos en fosas comunes semi-vivos, fusilarlos, robarles a sus hijos. Cuando empezamos a desmenuzar todo esto, ese discurso de odio, sin sentido, intolerante, pierde todo fundamento y toda fuerza.

No sé cómo ir contra esos discursos. No los voy a despreciar, porque indudablemente hacen mella. Tenemos toda una generación que no vivió la crisis del 2001. Cinco presidentes en siete días, los patacones, las cuasimonedas. Una generación entera que no sabe que hubo un presidente que empezó a gobernar con un 22% de legitimidad de votos. Que bajaron los cuadros, que entregaron la Esma a los organismos, la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Hay chicos en la secundaria que no saben hoy, que en la década de los 90 no era obligatorio charlar sobre el 24 de marzo. Hay chicos que no saben que en la década del 90 no existía el Día Nacional del Derecho a la Identidad. Si hubiese existido eso, hubiese sido todo muy distinto. Entonces inevitablemente hay discursos que terminan haciendo mella. Pero cuando uno se sienta y dialoga y empieza a desmenuzar todo esto que se está queriendo transmitir suena hasta ridículo.

RB: Respecto a las juventudes, ¿cómo viene resultando el encuentro e intercambio intergeneracional a partir de la labor diaria?

GR: Hay muchos chicos que no tienen ni idea pero también hay muchos que sí. Hace unos días me preguntaron si podía ir a dar una charla de capacitación a la casa de Ana Frank, y me encuentro ahí con 18 jóvenes capacitadoras. Eran todas mujeres. Veo que una tiene una mochila que decía “luche como una abuela”. Y cuando me presento se emociona, se le ponen los ojos rojos y me pregunta “vos sos el hijo de Patricia Roisinblit”. -Sí le digo, ¿Por qué? -Yo soy la presidenta del centro de estudiantes del Normal 8 (la escuela donde mi mamá hizo la primaria y toda la secundaria en Boedo) y nuestro centro de estudiantes se llama como tu mamá, así que me emociona la coincidencia.

Son chicos que tranquilamente en la mochila, en vez de tener a Taylor Swift, Harry Styles, lo que sea, tienen una frase que dice “Luche como una abuela”. A mis 18 años eso era impensado. Así como hay mucha gente que tiene desconocimiento, también hay muchos chicos que tienen una ideología ya muy marcada, por suerte, y que pueden defender esos ideales y esos valores de forma férrea. Porque los entienden, no es que se los metieron en la cabeza, sino que los entienden y los adoptan. Eso es lo importante. Yo no le temo a aquel que defiende sus ideas, ni cómo las defiende. Le temo a aquel que defiende unas ideas que no le son propias. Independientemente de la bandera político partidaria que vos termines eligiendo, está bien, siempre y cuando vos consideres que esa es la opción correcta, porque vos la elegiste.

Hay toda una generación de chicos que les interesa muchísimo formarse desde lo político. No es solamente acá, por suerte lo tenemos a nivel regional. Lo que pasó en Chile fue revelador. Lo que hicieron las chicas, todo el movimiento que se fue gestando acá también. Las mujeres acá hicieron una terrible y hermosa revolución. Otra vez las mujeres, las madres, las abuelas, las mujeres con todo, el feminismo, los derechos. Se ha avanzado bastante.

RB: ¿Qué desafíos plantea continuar la búsqueda en este contexto?

GR: Lamentablemente la realidad indica que van a ser cada vez menos las Abuelas y que se nos van a ir. Y no lo digo como que se nos van a ir solamente a nosotros, se nos van a ir a toda la sociedad.  El desafío es muy fuerte porque contamos con esa mochila pesada de tratar de hacer todo de la misma manera en que lo hicieron hasta acá nuestras Abuelas. Siempre nos remarcan distintas maneras de cómo tenemos que actuar, con un mensaje de amor, desde lo positivo, pensar que no hay que buscar revanchismos ni venganza. Con esas líneas, y en esto que nos ha sabido diferenciar, que es que buscamos desaparecidos con vida, nos marcan el camino.

Varios de nosotros formamos parte de la Comisión Directiva de Abuelas. Hoy en la Comisión Directiva solamente hay 4 Abuelas y el resto somos mayoría ya, nietos. Aprovechamos todo lo que podemos cada vez que nos están hablando y que nos marcan distintos lineamientos. Hay algunos nietos que están hace mucho más tiempo, van a ser quienes nos referencien al resto. Tengo fe de que no la vamos a chocar. Ellas no tenían experiencia. Nadie te forma para ser una abuela de Plaza de Mayo, sin embargo, ellas han podido.

No digo que no se hayan equivocado, seguramente se hayan equivocado. Pero realmente son tantos los logros que han tenido que los errores que pudieron haber cometido son ínfimos. Aparte, ¿quién puede juzgar a un grupo de mujeres que está buscando a sus hijos, hijas, nietos, nietas? ¿Quién puede juzgar si se equivocaron o no? La búsqueda, la lucha por la búsqueda, es lo que tiene que perseverar. Con eso como un punto focal, que es la búsqueda, no creo que nos vayamos a confundir, vamos a estar el día de mañana a la altura de las circunstancias para poder seguir buscando a todos los que faltan.

El Nieto 130: Javier Matías Darroux Mijalchuk junto a su tío Ricardo Mijalchuk

RB: A partir de su experiencia y pensando en quienes actualmente puedan tener alguna duda al respecto, ¿qué le gustaría compartir respecto al proceso de restitución del derecho a la identidad? 

GR: Yo soy ya de los viejos. Mi número de caso resuelto es el 68 y vamos por el 130. Soy previo a las nuevas tecnologías. Es otra realidad, otro país. Todo tiene que ver con los avances y los cambios políticos, económicos y culturales. Cuando a mí me encuentran en el año 2000, no era la mayoría de la sociedad la que festejaba cada uno de los encuentros, era una porción ínfima la que sabía y se alegraba, los medios que transmitían estos casos resueltos, las conferencias de prensa de las Abuelas. No es lo mismo que a vos te encuentren en el año 2000, con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final todavía vigentes, con los genocidas como presos vip, con una Corte de la mayoría automática, en un país incendiado con una crisis social devastadora, rotos todos los tejidos; que aparecer en el año 2010, 2015. Y por suerte no es lo mismo. Me imagino que tampoco debe haber sido lo mismo que te encuentren siendo menor de edad, era mucho más difícil en ese momento.

En mi experiencia, tenía 21 años y seis meses. Me encuentran por dos denuncias telefónicas anónimas, no es que me acerco a Abuelas porque me había madurado una duda o me sentía parecido. No había fotos de mi mamá embarazada. Y a las Abuelas no les importa de quién es la llamada, lo que les importa es el dato. No es que ellas no me hayan estado buscando durante mis 21 años, sino que todos los datos que tenían sobre mí no tenían una cara, no tenían un nombre, entonces no había forma de conjugar, de relacionar ese expediente de búsqueda con todos estos datos a mi cara y a mi nombre.

Una persona llama, aporta datos. Dice mi nombre completo, dónde trabajo, dónde vivo, absolutamente todo. Y vuelve a llamar una semana más tarde, ratificando todos estos dichos. Paso siguiente, una joven que trabajaba en Abuelas que tomó el segundo llamado se va hasta San Miguel porque pensaba que el joven del que estaban hablando era su hermano. Va, habla conmigo, me escribe una carta, la leo. Contaba brevemente su historia, y que si tenía dudas que me acercara hasta la casa de las Abuelas. Ese mismo día me fui hasta la casa de las Abuelas, me leyeron la transcripción de las denuncias anónimas y me explicaron cómo podíamos hacer para saber si era cierto que yo era hermano de esta chica. Me hice el ADN ese mismo día y el resultado estuvo el 2 de junio. Un mes y monedas, 27 de abril, 2 de junio. 27 años atrás, hoy debe ser mucho menos. Así de sencillo.

¿Fue difícil? Sí, ¿Fue duro? ¡Obvio! Yo no estaba preparado. Vos tenés que entender que la persona a la que vos llamaste “mamá”, “papá”, durante 21 años, independientemente de cómo ellos se hayan comportado con vos, no lo eran. Y cuando digo independientemente, digo: no vale la valoración acá “bueno, pero fueron buenos con vos, te brindaron amor” o “fueron una porquería, te pegaban” no importa, realmente no importa eso, porque vos creías que eran tu mamá y tu papá y no lo eran. Se rompe algo muy importante. Vos podés esperar que cualquier persona en el universo te mienta, pero no que te mientan tu mama y tu papa, y sobre algo tan importante. La decepción, la desilusión, el entender que eras víctima de estas personas. Aparte hay un contrasentido, “pero yo me acuerdo que cuando yo tenía fiebre me cuidaban, me abrigaban, me hacían mimos”, “cómo puede ser que ahora yo sea la víctima”. Es muy difícil asimilar esto, entender que cometieron con vos un delito de lesa humanidad.

Me costó mucho porque yo no estaba buscando mi verdadero origen, mi verdadera historia. A mí me encontraron. Todo lo que debería haber hecho el poder judicial en estos 21 años no lo había hecho, y de repente lo estaba haciendo ahora. La acción penal era motorizada por mi abuela, iba en contra de la persona a la que yo llamaba “mamá” hasta hace muy poco tiempo. Todo era contradictorio. No era que se permitía que querellara la Asociación Abuelas, o que la Fiscalía se perseguía todo lo que tomaba las riendas investigativas de la causa. De hecho el proceso fue escrito, no oral y público. Yo tampoco tenía un adoctrinamiento político partidario, no tenía un posicionamiento. En mi casa no se hablaba de nada. Me crió una persona que trabajaba limpiando casas particulares. Mi apropiadora era personal de servicio doméstico. Mi apropiador era personal civil de la fuerza aérea, él sí estaba bien metido en todo esto, pero mi apropiadora no. Entonces yo directamente crecí sin ninguna pertenencia ni educación política.

Era todo muy difícil, pero eso no significa necesariamente imposible. Acepté mi historia, me reconcilié con mis padres, me peleé con mis padres en su ausencia. Uno tiene que asumir su historia, entender a sus padres, comprender por qué nos pasó lo que nos pasó. ¿Tengo derecho a recriminarles o no? ¿Tengo derecho a perdonarlos o no? Hoy son menores que yo mis padres. Son, perdónenme la expresión, “pendejos” de 25 años. Yo a los 25 años no tenía nada claro. Mis padres iban por su segundo hijo y sí que lo tenían claro. Habían decidido lo que terminaron decidiendo, pero después de razonarlo y de pensarlo. Tomaron una decisión. “¿Y por qué no se fueron?”, una de mis preguntas. Tenían una hija ya, tenían otro hijo en camino. La verdad que, mirándolo, tratando de entender todo el contexto global, histórico, en ese momento, y pensando en todos los compañeros de militancia que estaban desaparecidos ya también, pensando en mis propios amigos y compañeros, yo no sé si me hubiera ido.

Que a mí me haya costado no tiene que limitar a nadie que tenga dudas sobre su identidad a hacer el mismo recorrido. Que yo no la haya pasado bien no significa que aquel que tenga algún dato para aportar está cometiendo algún acto maligno, en contra de la persona. No. A mí me liberaron. Si me dan a elegir, si tuviese la posibilidad de viajar en el tiempo y elegir que hago ese jueves después de que me visitara mi hermana a mi trabajo, yo me vuelvo a ir a la casa de las Abuelas, porque para mí no fue un error. Fue el paso necesario para terminar de liberarme. Para que me encuentren. Para aparecer.

Por eso destaco que mi historia, y casi todas nuestras historias, tienen una carga terrible de tragedia. Pero eso no tiene por qué limitar a nadie. No es fácil entender que uno es hijo de dos personas a las que no vas a conocer, que muy posiblemente no vas a poder encontrar sus restos nunca, que seguramente no vas a saber qué fue de ellos ni quienes son los responsables de su destino. Lamentablemente eso es lo que hay, lo que tenemos. Pero eso no significa que dejar de estar desaparecido, por más de cuatro décadas y media, sea algo malo. Es todo para ganar, es todo beneficio. Pasás a ser libre, pasás a ser vos, y eso no tiene precio.

RB: También existen redes para alojar y contener a quienes están transitando ese proceso de conocer su verdadera identidad.

GR: Sí, existen redes, desde Abuelas, y hay políticas públicas también que están para sostener. Por ejemplo, el Centro Ulloa de Atención especializado en víctimas del terrorismo de Estado, que tiene un profesionalismo increíble. Yo no creía en la terapia. En el 2013, cuando me cita Rafecas para declarar por el juicio RIBA (Regional de Inteligencia Buenos Aires) , por lo que después iba a ser el juicio por el secuestro de mis padres, estaba sumamente estresado, con una situación de miedo terrible, y me recomiendan ir al centro Ulloa. Hace nueve años ya que me atiendo ahí.

Hay toda una manera de contener a aquel que es encontrado y que necesita apoyo en esos momentos. Además, cuenta con la experiencia, si la quiere, de cada uno de nosotros. Entiendo que tal vez no todos concuerdan con la ideología, capaz ni siquiera tengan una ideología, entonces no se animan a acercarse a Abuelas o a preguntarle a un nieto determinado qué banderas levanta. Independientemente de cuál sea la bandera que enarbole, puedo comprender aquel o aquella que está con dudas con su identidad o que le dio positivo que es hijo de desaparecidos, el momento que está pasando y lo difícil que es aceptarlo. Hay más de 100 personas que también estuvimos ahí, podemos decirle qué es lo normal en estas situaciones. Yo, por ejemplo, no sabía si estaba bien o estaba mal cada una de las cosas que sentía, los miedos que tenía, lo que quería o necesitaba. Cuando a vos te encuentran y el Banco Nacional de Datos Genéticos te da el positivo, no hay un manual de cómo es ser nieto restituido. Cada uno de nosotros hace lo que puede con esto. Estamos todos en diferentes momentos y etapas de nuestras vidas cuando nos van encontrando. Nosotros vamos a estar ahí para acompañar.

Si no te interesa ir a la casa de las Abuelas porque tus creencias están en contra de lo que representan las Abuelas, también es válido. Te podés acercar a un organismo de gobierno, como la CONADI. Allí hay un montón de gente especializada en este tema que te va a recibir, te va a atender, a explicar y tratar de evacuar todas tus dudas. Si corresponde van a mandar a que te analices en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Y si da positivo o no, lo van a comunicar. Eso todo por fuera de lo que es Abuelas de Plaza de Mayo, que es una Asociación Civil, un organismo no gubernamental. Si no querés aportar tu testimonio, no querés hacer un llamado a la Casa de las Abuelas, aunque sea anónimo, también lo podés aportar en la CONADI.

RB: ¿Cómo le gustaría que lo presentemos en la entrevista?

GR: Mi nombre completo es Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit. Tiene una particularidad. Guillermo es el nombre que habían elegido mis apropiadores para mí. Rodolfo y Fernando son los nombres que me habían puesto mis papás. Son los nombres de dos compañeros asesinados de la militancia. Pérez es el apellido de mi papá y Roisinblit el apellido de mi mamá. Yo le solicité al juez Ballesteros que me permitiera quedar con el nombre Guillermo. Casi que intenté negociar con el juez el tema de mi nombre. “Me quiero llamar Guillermo. A mí el nombre Rodolfo no me gusta”, le decía. “Fernando está bien. Perez, obviamente que tengo que tener Perez, no puedo llevar el apellido de mi apropiador. Pero quisiera también llevar el apellido de mi mamá, Roisinblit”. Y me contesta Ballesteros, “mirá, Guillermo no te tendrías que haber llamado nunca , Rodolfo será un nombre feo pero es tu nombre, no vas a ser la primera persona ni la última que no esté de acuerdo ni conforme con su nombre, y Roisinblit vamos a ver”. Después lo asimilé, me identifiqué con el nombre Rodolfo. 

Mi nombre completo es Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit, soy hijo de José Manuel Pérez Rojo y Patricia Julia Roisinblit, quienes continúan desaparecidos. Mañana, 6 de octubre, se cumplen 44 años de que fuimos secuestrados. Soy un nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo. Soy nieto de Argentina y de Rosa Roisinblit . Soy compañero, soy abogado, soy esposo, soy padre, soy buen amigo. Si a mí me decís cómo me tengo que definir, me defino así.

Si tenés dudas sobre tu identidad o conocés a alguien que puede ser hijo o hija de desaparecidos, contactate con Abuelas:

 ¿Dudás de tu identidad?: dudas@abuelas.org.ar

Para aportar información sobre hijos/as de desaparecidos/as: denuncias@abuelas.org.ar

También podes consultar la página oficial de la Asociación https://www.abuelas.org.ar/pregunta-frecuente

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