HISTORIATAPA

San Martín: una historia por venir

Por: Guido L. Croxatto*
Imagen: Recreación del dormitorio del general San Martín en Boulogne Sur Mer, Museo Histórico Nacional  

“Muchas veces tienen carácter de estatuas de bronce nuestros próceres, pero ellos no son figuras de “protocolo”. Nunca lo fueron. Eran hombres y mujeres de carne y hueso. Por eso no deja de ser irrisoria la forma en que se los cristaliza y se los recorta. Como se los termina tratando: como estatuas. Como algo muerto, no vivo”.

“Son tan fuertes los aplausos que no puede oírse su voz; tantas las estatutas que se ha extraviado entre ellas el hombre que conmemoran. Los argentinos tenemos que rescatarlo, porque necesitamos de él” (Rodolfo Walsh, sobre San Martín)

Después del libro sobre Maquiavelo de Leo Strauss (un pensador conservador), no parece que haya mucho que decir sobre Maquiavelo, asegura Isaiah Berlin, que también le dedica un libro al pensador florentino. Algo semejante podemos decir nosotros sobre San Martín. ¿Podemos agregar algo que ya no esté dicho?

Hay dos libros canónicos diríamos hoy sobre él, que podemos contraponer. Uno es el San Martin oficial, de Bartolomé Mitre, en dos tomos. Libro importante, que mi mamá tiene en tapa de madera con un programa viejo de Donghi, en sus épocas de estudiante de historia en la UBA. No menor. Un libro que hay que leer, como todo lo que hay que leer, para entender mejor y en todo caso, recién entonces –hábito perdido en nuestro país, empobrecido y carente de cualquier debate serio de ideas – discutirlo. Hay que discutir con Mitre. Como hay que discutir con Donghi (que impugna el “sepulcral silencio de las fuentes”“en el revisionismo histórico decadentista nacional de Ortega Peña y Duhalde, que fueron sin embargo dos abogados de trinchera –en estos días se recuerda el día del abogado militante- que hicieron “hablar” a esas “fuentes” que habían sido reducidas al peor silencio de todos, al silencio más “sepulcral” de las fuentes posible, para seguir con la metáfora de Donghi). Pero primero hay que hacer lo que ya nadie hace con Mitre: leerlo.

Del otro lado, está el libro de Norberto Galasso, sobre la vida de San Martin, que se titula con una frase del prócer: Seamos libres que lo demás no importa nada. No es un accidente esta frase (no dice “vida y obra”, sino “vida” a secas, ya que la vida es la obra de cada uno). El eco de Rousseau en la misma es claro. Moreno traduce a Rousseau, para que San Martín –de la mano de Monteagudo- lo leyera. Las expresiones de San Martín no cayeron del aire. Cayeron de Rousseau.

Yo quiero centrarme, sin embargo, en otra cosa: en el carácter de “bustos de mármol”, estatuas de bronce, que tienen a veces estos próceres (muchas veces reducidos a figuras de actos escolares, figuras de ceremonial en un pasillo). Pero ellos no son figuras de “protocolo”. Nunca lo fueron. Eran hombres de carne y hueso. Por eso no deja de ser irrisoria la forma en que se los cristaliza y se los recorta. Como se los termina tratando: como estatuas. Como algo muerto, no vivo. Y aquí empieza la contradicción (otra contradicción vergonzante es decir que el San Martin que le entrega el sable a Rosas, por su defensa en la Batalla de Vuelta de Obligado, era un San Martin que ya estaba “viejo”, o que San Martin no es un “aval historiográfico”, quienes impugnan esto sin embargo luego nos piden atenernos rigurosamente a los “hechos duros” de la Historia). Porque lo mismo pasa con nuestra independencia. Como si fuera una cuestión “concluida”. “Resuelta”. Estamos bien lejos de ser una Nación Independiente.

Rivadavia (cuestionado por el “romanticismo” de Alberdi) tenía un gran encono con San Martin, quien fue acusado de haberse “robado un ejército” (el Ejército del Norte). La emancipación de nuestros países fue hecha por hombres acusados de “corruptos” y de “ladrones”. Esto me hace pensar. Manuel Belgrano desobedeció cuando desde el Directorio le ordenaron retroceder o cuando le pedían que escondiera enseguida (para no “incomodar” tanto, no querían tan rápido un gesto que fuera “tan rebelde”) la bandera con el sol Inti (Inca) que había creado. Belgrano no retrocedió, tampoco bajó la bandera. San Martín tampoco. Ni hablar de Monteagudo, secretario “polémico” de San Martin en Lima, donde fue asesinado. (San Martin y Monteagudo estaban ciegos, dice Mitre). Estos hombres (Moreno, Castelli, San Martin, Monteagudo, Belgrano) fueron de todo, menos figuras de “ceremonial y protocolo”. No son bustos sagrados para la Historia argentina. Eran hombres y mujeres decididos de carne y hueso que dieron todo lo que tenían a su alcance para consagrar nuestra independencia.

¿Cómo podemos honrar nosotros, hoy, este proceso?, ¿Cómo podemos, como abogados del Estado, ser dignos de él? Pensando de nuevo, como abogados y abogadas del Estado, la independencia otra vez. Tenemos que empezar de vuelta. Cuesta reconocerlo. Es duro. Pero Argentina no es lo libre que San Martin o Belgrano hubieran querido. Son historias para que nos hagamos cargo. La historia no es un libro que dejamos olvidado en una biblioteca.

“Este gran triunfo de Arenales es recordado hoy en Buenos Aires por su calle más céntrica y peatonal, pero a tal punto llega la desconexión del argentino con su verdadera historia que una encuesta a sus miles de transeúntes evidenciaría la ignorancia al respecto, no por incultura sino por demasiada cultura de otras historias y países en detrimento del propio”. (Galasso, N. San Martín. pág. 121)

Esta desconexión no nos deja ver nuestro camino. Por eso muchos historiadores argentinos incluso impugnan el concepto de “soberanía”. Hasta parece que uno deba tener que defenderse o justificarse, en la Argentina de hoy, de querer construir un pensamiento “soberano”, no dependiente ni funcional al empobrecimiento de los argentinos (la miseria que se planifica, en palabras de Walsh). Parece (como lo que hacía San Martín en el Norte) un demérito. Una impertinencia. No una obligación. Para muchos la independencia es colgarse una escarapela. Nosotros sabemos que el sol peruano es el sol nuestro por algo. Que Belgrano nos dejó a la civilización Inca incrustada en nuestra bandera. Nada menos. Perú.

Un colega limeño muy amigo (investigador del Instituto Latinoamericano de Criminología y Desarrollo Social, INCRIDES, con sede en Lima, el Dr. Eddi Obregón, espacio que dirige ad honorem) me hace ver –ante mi total ignorancia en este punto- que la calle donde vivo (Ayacucho) tiene mucho que ver con la historia peruana. Un ejemplo más de lo que dice Galasso. Y no me considero, en historia latinoamericana, mucho menos de Perú, país que admiro y quiero (desde chico, mi mamá siempre me recuerda que Perú apoyó a Argentina incluso en la penosa y burda guerra de Malvinas, donde tantos chicos fueron enviados a morir), el último. Todos tenemos que aprender. El aprendizaje es una tarea no individual, sino colectiva. Es parte, precisamente, de una reconstrucción real de nuestra independencia. De nuestro pensar independiente.

El libro de Galasso que me han prestado, muchas de cuyas páginas aparecen subrayadas en párrafos notables que marcan la importancia de volver a rescatar el rol del Estado, advierte más de una vez sobre la “tragedia de la fragmentación latinoamericana” (pág. 481). Recuerda que “San Martín vive con profunda preocupación este período posterior a la victoria de Ayacucho pues teme –como se lo ha manifestado a Guido- que al intentar organizarse los países liberados, no existan condiciones favorables para concretar su unificación. Idéntica es la preocupación de Bolivar, por entonces, y ya se encuentra convocando para el Congreso que se realizará en 1826 en el istmo de Panamá, para fundar la Gran Confederación. Pero las poderosas tendencias disgregadoras obstaculizan los proyectos de unidad hispanoamericana”. Esta observación de Galasso me remite a miradas de mi admirado ingeniero Scalabrini Ortiz. No hemos avanzado. Esta historia grande, como dice Goethe viendo una ruinas griegas, está todavía adelante nuestro. Por venir. Es una historia que está en nuestras manos. No en los anaqueles.

* Director Nacional de la Escuela del Cuerpo de Abogados del Estado

Las opiniones expresadas en esta nota son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición de Broquel.

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