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El significado de Malvinas

En junio de 2012, el entonces Director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, presentó en la Residencia Oficial de la Embajada Argentina en Londres una reedición de la obra Las Islas Malvinas de Paul Groussac –quien dirigió la BN durante más de 40 años– con un prólogo de su autoría. “No puede haber dudas sobre los títulos de la potestad argentina sobre el archipiélago, y ellos surgen de ningún otro lugar que de la irreversible geología que las ata al continente y de las pugnas por su pertenencia, que ocuparon varios siglos, multitud de informes y escaramuzas, cambios de mano y escritos diplomáticos de las más diversas especies”.

Por Horacio González*

Cualquier lectura de la historia de las Islas Malvinas –la más recomendable es sin duda la de Paul Groussac, escrita en 1898, que a su ponderada visión histórica le agrega el condimento sutil de la ironía–, arroja un resultado palmario (1). Son una pieza fundamental de la historia marítima, comercial, militar y científica de esta región del planeta. No puede haber dudas sobre los títulos de la potestad argentina sobre el archipiélago, y ellos surgen de ningún otro lugar que de la irreversible geología que las ata al continente y de las pugnas por su pertenencia, que ocuparon varios siglos, multitud de informes y escaramuzas, cambios de mano y escritos diplomáticos de las más diversas especies. Groussac, nacido en Toulouse, Francia, activo partícipe de la vida cultural argentina durante más de seis décadas y, durante 40 años, director de la Biblioteca Nacional, gran antecesor de Borges, con su libro emprendió una rigurosa investigación documental, a la que muchos otros autores agregaron luego mayores aportes, pero el de él gozaba del encanto de una severa escritura donde resonaban refinados sarcasmos y el amor por la prueba documental exhaustiva y concluyente.

Hijo adoptivo de la Argentina, animador cultural de todo un período histórico junto a los sectores conservadores ilustrados del país, Groussac quería servir a su nación de adopción no con ninguna publicidad política, sino con un fruto de una mente investigadora, y un nivel de escritura de un estricto pacto ético con el papel del intelectual libre en sus opiniones. Esgrimió criterios propios de una aristocracia cultural que extraía de su formación europea la idea de que en asuntos históricos nada debía escribirse sin extremar las pruebas documentales tomadas de los arcones más profundos de las vastas y heterogéneas argumentaciones que yacen en el fondo de las memorias públicas y privadas.

En su libro, hay momentos destacados, entre los que deben recordarse los documentos producidos por el Dr. Johnson, uno de los mayores críticos shakespeareanos, que implícitamente valida en 1771 los derechos de España (2). Un océano de papeles y hasta de debates filológicos permite realizar una pregunta casi impertinente por su obviedad. ¿Por qué las Malvinas se tornaron tan esenciales, una pieza clave de la historia moderna, que es la historia de las guerras económicas expansionistas desde el siglo XVII, a pesar de tener ellas una posición marginal y aparecer tardíamente en los mapamundis? ¿Por qué su nombre permanece enigmático, y el que adoptamos como inescindible con nuestro idioma proviene, más allá de inagotables discusiones, de los navegantes bretones de Saint-Malô?

Hay un elemento utópico en todo proyecto de ocupación territorial, un sesgo inevitablemente literario que, a los efectos de una historia severa de la poesía, no deja de componer una estética colonial. Groussac no omite mencionar esta dimensión que hoy parece escapársenos si agotáramos la cuestión en el mero juego de las poderosas fuerzas económicas existentes en el mundo contemporáneo. Es que el expansionismo mercantil, el filibusterismo, los corsarios, las históricas usanzas de las empresas de piratería, que supieron encumbrar imperios, asimismo buscaron su validación por las grandes escrituras. Se acompañaron de distintas consideraciones utópicas, que siquiera precisaron llegar a las cumbres poéticas como las de Kipling –“Llevad la carga del Hombre Blanco”–, quien pensó el imperialismo como un sufrimiento y una necesidad. Hasta mediados del siglo XIX la fabulosa Isla de Pepys, que tuvo un supuesto avistamiento en el siglo anterior, figuró en muchos de los codiciosos cálculos científicos o políticos de las potencias de la época, y también en la publicística de Pedro de Ángelis, el gran polígrafo napolitano al servicio de Juan Manuel de Rosas, que se interesó por ella. Pepys Island no existía, pero era indudable que hacía las veces de contrafigura espectral de las Malvinas, dado que su ubicación imaginaria tenía homólogas coordenadas oceánicas.

Conferencia del entonces Director de la Biblioteca Nacional Argentina, Horacio González, durante la presentación de la reedición del libro de Paul Groussac Las Islas Malvinas. Residencia Oficial de la Embajada Argentina en Londres, 13 de junio de 2012.

Groussac presta gran atención al papel que jugó Bouganville en el proyecto de poblamiento de las Islas, que es el más importante antecedente del reconocimiento de la pertenencia de Malvinas a España –por consecuencia de las negociaciones posteriores para el abandono de esa colonización francesa en la segunda mitad del siglo XVIII. Bouganville era también un gran naturalista; no solo queda en la historia como un antecedente de la atribución argentina en la posesión de Malvinas, sino como estudioso de una flor que lleva su nombre, la buganvilla –o Santa Rita–, que figura entre las preferidas por el trágico cónsul honorario inglés en México, Geoffrey Firmin (personaje ficcional de la gran novela Bajo el Volcán, de Malcolm Lowry), que citamos no para dispersar el tema, sino para introducirle un elemento cultural y nostálgico, que sin dejar de ser un detalle, tiene su importancia antropológica.

Manuel Moreno –el hermano de Mariano Moreno, del cual puede decirse que es uno de los fundadores de la nación argentina con sus atrevidos escritos que son descendientes de la Ilustración–, fue embajador de Rosas en Inglaterra en el siglo XIX. Es autor de documentos de gran importancia presentados ante Lord Palmerston (3). Por más que Groussac prefiere señalar que eran un tanto ingenuos, obran hoy como antecedentes fundamentales de un reclamo pacífico y ansioso de diálogo, tanto más en cuanto se asienta en razones que abundan en contundente histórica y sentido común sobre el trato digno entre naciones. Como sea, estamos hoy mucho más cerca de esos escritos de la diplomacia argentina del siglo XIX –en el momento en que se produce la ocupación británica– que del desempeño moral y militarmente desastroso de la Junta Militar que actuó en 1982. El detalle de la flor preferida por Firmin, el referido cónsul inglés de Bajo el volcán, significa que hay una “veta inglesa” que comprende sensiblemente este drama universal, político y existencial a la vez. Se trata de la existencia no solo de una opinión interna de un sector no desdeñable de la tradición inglesa anticolonialista, sino del ciudadano inglés que ve en el vasto mundo no un motivo de poderío fugaz sino una pregunta sobre su propia intimidad cultural, sobre su propia lengua, sobre sus propios exilios.

Durante más de dos siglos, las cancillerías de España, Francia e Inglaterra se disputaron los mares, guerrearon entre sí, hicieron y deshicieron tratados, y se hicieron cargo también de otro convidado, el naciente poder norteamericano a partir del siglo XIX. En 1831, en el incidente bien conocido de la fragata Lexington, los Estados Unidos esbozaron su interés estratégico en el Atlántico Sur. Todo esto lo releva Groussac con la garantía de su mirada de hijo de una Europa conservadora pero lúcida respecto al derecho que le asiste a las naciones libres para no sufrir el peso de poderes coloniales o imperiales cuyos fundamentos morales escapan a las tradiciones científicas, diplomáticas o literarias, que los injustos acorazados y bases militares de extramuros ponen siempre en peligro.

Una frase shakespeareana de Ricardo II: “esta joya en un mar de plata engarzada”, aludiendo a Inglaterra, le permite a un discutido pero imaginativo estudioso ver en el interior de muchas obras de Shakespeare el poder infinito del mar y el destino marítimo inglés. De ahí la importancia de que uno de sus mayores estudiosos, el ya mencionado Dr. Johnson, a la vez lectura favorita de Borges, tomara una posición “argentinista” en el siglo XVIII. Estos sorprendentes pasos de la historia dan cuenta de la transición que ha dado este país desde la época de la tragedia isabelina hasta sus actuales dirigentes –se nos permitirá decirlo–, que, como todos los dirigentes del complejo mundo en que vivimos, no pueden eximirse de una visión más profunda sobre los conflictos que heredamos, en gran medida por la acción que durante siglos ellos y no solo ellos desplegaron, porque ninguna de las partes que entablan una guerra dejan de tener graves responsabilidades mutuas que es necesario ahora interrogar con espíritu de diálogo fundado en las elevadas tradiciones humanistas, sin las cuales no existen las naciones.

Lejos de ser el “escritor inglés” que equivocadamente vio Jorge Abelardo Ramos en Crisis y resurrección de la literatura argentina –en un lejano año 1952–, Borges es portador de un criollismo universal que es necesario considerar e incorporar como pieza urgente de nuestra materia. Conocía como nadie, como argentino universal que era, la singularidad histórica inglesa. John Ward, el personaje inglés de su poesía sobre Malvinas, traza un rumbo para el pensamiento crítico, porque nadie puede dejar de hacer el esfuerzo de entender al otro. Era lector del Quijote. Y su contracara, Juan López, lector de Joseph Conrad. Quedan ambos muertos en la nieve malvinera uniendo sus grandes mitos literarios, sin comprender por qué, como en una lejana escena bíblica.

Son juguete de los “cartógrafos” al servicio de las fronteras creadas por los poderes bélicos y mercantiles. Ahora indican otro destino para la estrategia y significado de las Malvinas Argentinas, nombre que admite que el pensamiento de un mundo más justo adopte su verdadero significado, que tampoco le puede ser indiferente al asentamiento humano angloparlante de las Islas, que hoy es casi multisecular. Para interpretarlo adecuadamente Argentina debe extraer de su memoria nacional sus mejores linajes y su vocación de alteridad, con redescubiertos componentes universalistas, antropológicos y democráticos, que también le reclama la vida intelectual emancipada. De ahí la gran obra de Groussac dirigida en el fondo a la opinión pública inglesa y europea, a sus gobernantes, a los pobladores de las islas, a fin de que este diálogo de paz sea un ejemplo, también, de una humanidad renovada capaz de ver con ojos nuevos tanto sus etapas históricas más cuestionables, como los innumerables ejemplos que hay en ellas de que la reparación es posible y dignifica a todos por igual.

1 – La obra Les Isles Malouines, de Paul Groussac, fue publicada por primera vez en francés en 1910 en Buenos Aires, en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo. En 1934, el Congreso Nacional aprobó la Ley 11.904, presentada por el Senador socialista Alfredo Palacios, que ordenó la traducción de la obra al español, la cual fue publicada en 1936.

2 – El autor se refiere a Samuel Johnson, quien publicó el ensayo titulado Thoughts on the late transactions respecting Falkland’s Islands, Londres, 1771.

3 – Compartimos las gestiones diplomáticas de protesta ante la usurpación británica de las Islas Malvinas presentadas por Manuel Moreno y publicadas recientemente por el Estado Argentino

* Docente y ensayista argentino, licenciado en Sociología de la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de San Pablo, Brasil. Ejerció la docencia universitaria en diversas instituciones del país y del exterior. Publicó numerosos libros, ensayos e investigaciones sobre filosofía, literatura e historia. Director de la Biblioteca Nacional Argentina entre 2005 y 2015.

Texto perteneciente al libro Diálogos por Malvinas, publicado por la Embajada Argentina en el Reino Unido en 2014.

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